En los grabados está, en primer lugar, el masturbador habitual (listo para convertirse en imbécil); luego, el masturbador desenfrenado (loco de atar, ya); y, por último, el masturbador crónico (con evidencias de oftalmía espermatorreica).
Es una historia sórdida, como muchas, que se refiere a la manera en que padres, madres, médicos y sacerdotes, idearon convertir la masturbación en un horrendo pecado. Un pecado que llegó a castigarse con la tortura y la mutilación, en pleno siglo XX.
En la historia, primero habían sido las recomendaciones de la Iglesia, que instaban a los fieles a evitar la práctica, sancionándola con penitencias nada graves. Después, un hombre oscuro llamado Bekker, cura de profesión, escribió en 1700 un libro llamado “Onania, el horrendo pecado de la autopolución y de todas sus terribles consecuencias en ambos sexos, con consejos espirituales y físicos para quienes ya se han perjudicado con esta abominable práctica, a lo cual se agrega la carta de una dama al autor sobre el uso y abuso del lecho conyugal, y la respuesta del autor”.
El libro no tuvo otro propósito que estimular la venta de ciertos productos, que vendía el propio Bekker, y su éxito fue precario. Pero lo importante es que con él se inventó un pecado nuevo: el onanismo, un falso equivalente de la masturbación, ya que Onán, personaje bíblico en el que se basó el autor, no se masturbaba, sino que practicaba el coito interrumpido y, por lo mismo, fue castigado por Dios.
El sacerdote comerciante aseguraba que el vicio onanístico producía, entre otras cosas, lasitud, flojera, debilitamiento de la marcha, paroxismos, agotamiento, sequedad, fiebres, dolores en las membranas cerebrales, oscurecimiento del sentido y sobre todo de la vista, Modelo de un artilugio que comprime el pene y “evita” tocamientos indeseados deterioro de la médula espinal, y algunos males más.
Bekker no fue un bestseller y su libro habría terminado en el olvido, si no es porque vino la represión científica a la masturbación, y un proceso de creación de angustia que dura hasta nuestros días, encomendada a un médico, asesor del Papa, de nombre Tissot.
Este recogió todo el arsenal de tonterías de Bekker en un libro, aparecido en 1758, que tituló, escuetamente: “El Onanismo. Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación.”
Tissot retomó el tema donde lo dejara Bekker, señalando que el onanismo es fuente de innumerables males, ninguno leve, como la “consunción”, la locura, la ceguera, la imbecilidad, el priapismo, la gonorrea, el lesbianismo y, claro, la muerte.
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